Escritura para el buen vivir
Escribo desde que tengo memoria. Uno de mis primeros recuerdos es el de escribir canciones, tumbada en el suelo de parquet de mi cuarto, en un pequeño cuaderno de espiral violeta con estrellas amarillas. Escribía canciones a las que luego ponía música —aún recuerdo alguna de ellas—, sin saber que eso podía ser difícil. Sin saber que esa acción sencilla podía llegar a escapar de los límites del juego.
Desde entonces he escrito, a menudo, sin saber por qué. He ido a retiros de silencio y he descubierto sorprendida que la vida es posible, y hasta plena, más allá de las palabras. Me he tomado descansos, he tenido períodos rebeldes de “y ahora no escribo”, a ver qué pasaba. Y lo que pasaba era que volvía a escribir. De nuevo, sin saber por qué. A menudo, sin saber para qué.
Lo cierto es que escribimos porque vivimos (recordando a José Luis Sampedro), porque muchas personas tenemos ese impulso, porque necesitamos esa forma de expresión. Porque hay una fuerza que surge desde dentro y necesita ser compartida. Pero escribimos también para algo, y en ese para qué se esconde la pregunta que lo cambia todo. Modifica el rumbo de la escritura y, por supuesto, la escritura misma, que se dibuja con la intención.
En fondo, la escritura es una herramienta —como son los pensamientos—, así que los tipos de escritura son infinitos, como son la intenciones que subyacen al acto de escribir. Pero sí podríamos decir que existen algunas formas de escritura que nos pueden ayudar en el arte del #buenvivir.
Los mapas son infinitos pero, en esencia, hay dos tipos de escritura posibles: la que surge porque sabes, o crees que sabes, y lo quieres explicar; y la que impulsas porque no sabes, o crees que no sabes, y lo quieres descubrir. Escribir para compartir, y escribir para explorar lo desconocido. Y, a menudo, ambas formas entremezcladas.
Si nos referimos a una clasificación más normativa, y recordando siempre que el mapa no es el territorio, diría que las formas de escritura más importantes, con esta perspectiva, son las que siguen:
Escritura expresiva. Busca expresar aquello que necesita ser dicho, sin juzgar, reprimir, embellecer ni denostar. Tan solo emociones, negro sobre blanco. El riesgo está en caer en una queja continua. Bien utilizada, libera y conduce a un mayor bienestar percibido. En el fondo, es una forma de integración psicológica, ventilación emocional y también de dejar atrás experiencias pasadas que pueden estar interfiriendo con el ahora.
Escritura contemplativa. Aquí el propósito es expandir las cualidades que cultivamos ya en los estados de meditación: la presencia, el no yo, dejar ir, la compasión, la pausa, la alegría, la gratitud, la consciencia del cuerpo… La paradoja en esta forma de escritura es que, como toda acción humana, contiene en sí una intención y, a la vez, una parte de la práctica consiste en “escribir por escribir”, liberándonos de todo aferramiento al resultado, percibiendo el flujo, notando cómo la escritura se hace a sí misma y cómo, en cierto modo, el sentido de escribir es la escritura, al igual que el sentido de la vida, en última instancia, es vivirla.
Escritura terapéutica. En cierto modo comprende a la escritura expresiva, que es una técnica concreta, y añade otros ejercicios encaminados a usar la palabra para sentirse mejor y desenredar ciertos nudos psicológicos. Puede comprender ejercicios como el journaling, las cartas terapéuticas, los diálogos entre distintas partes del yo, etc.
Escritura reflexiva. Busca comprender la experiencia, observarla desde distintos puntos de vista y llegar a ciertas conclusiones. Se puede formular desde preguntas como: ¿qué ha sucedido? ¿Qué he aprendido aquí? ¿Qué haría de otra manera? En meditación se puede utilizar como una continuación de la propia práctica, por ejemplo, haciendo un ejercicio de cultivo de cierta habilidad durante 20 minutos, para después escribir un tiempo sobre ello, buscando así ampliar el aprendizaje.
Además, y en esta muy personal taxonomía, existen otras formas de escritura que, sin tener una intencionalidad tan clara hacia el cultivo del #buenvivir, claramente contribuyen a él, como:
La escritura creativa, que es, por definición, infinita, y en la que se encuentran la catarsis del autor, el aprendizaje, la interpretación y la maravilla del lector, y la conexión o el encuentro entre ambos.
La poesía, en concreto, que a mi parecer lo integra todo: presencia, desapego, creatividad, asombro y, desde luego, expresión, catarsis y resignificación.
Por supuesto, esta es una clasificación limitada y muy personal: la belleza de la creatividad radica en que esos límites que trazamos cuando entramos en modo analítico desaparecen en la experiencia y las corrientes se funden, en nuevos flujos diversos.
¿Cuál de estas formas de escritura te interesa más? O, dicho de otra forma: y tú, ¿para qué escribes?