El poder de una narrativa

Un diálogo con el Mundial

Escribo estas líneas tras la victoria de España en la Copa del Mundo. Confieso que, tras toda una vida en la que el fútbol solo evocaba para mí a un puñado de adultos corriendo tras una pelota y una épica que nunca me llegó a traspasar, esta vez sí, me dejé arrastrar por el espíritu colectivo y por una simbología que sentí más cercana a la propia: una Palestina que festejaba, una selección diversa, una narrativa de juego limpio y de bondad.

No sé si te gusta o no el fútbol, y estoy segura de que tienes buenas razones tanto en un sentido como en otro. No es eso lo que quería tratar —las preferencias personales son solo eso, preferencias—. Este texto va, más bien, de la importancia de las narrativas y de cómo el mythos colectivo es una corriente a la que todos y cada uno de nosotros nos sumamos, influyendo en ella y alterando, por poco que sea, su rumbo. Nuestra voz es una fuerza más que cambia, aunque sea mínimamente, el devenir de la historia.

Y esto viene al hilo de una segunda confesión: tras verme atrapada y defenestrada por un algoritmo que capturó con diligencia las tendencias que mostraban mis segundos de más ante ciertos vídeos y publicaciones; tras verme encerrada en mi visión particular de lo sucedido, se me ocurrió curiosear en cuál era la historia de los vencidos y para ello me acerqué, en esa falsa proximidad cuántica de lo digital, a un periódico argentino. Mis primeras ideas fueron, no lo negaré, no muy halagüeñas para con los jugadores y hasta la “hinchada” argentina (tremendo término genérico que oculta la diversidad). Cuál fue mi sorpresa cuando, al asomarme a su realidad sentida, encontré un panorama completamente distinto. Se diría que habíamos visto partidos diferentes.

Visiones opuestas

No me meto en quién tiene razón y quién no —aunque tengo ojos y opinión y, por primera vez en mi vida, he visto un partido de fútbol casi entero—. Pero sí me llama la atención cómo se han establecido dos versiones tan polarizadas del mismo hecho, y cómo no hay el más mínimo interés ni intención en dialogar ni generar puntos de encuentro. Por suerte, nos encontramos ante un hecho, en el fondo, tan banal, como un partido de fútbol. ¿Pero no es acaso una muestra más del signo de nuestros tiempos? Narrativas opuestas, visiones distintas del mismo hecho, como ha sucedido siempre, en el fondo, pero amplificado hasta el absurdo por las redes sociales, los algoritmos, la automatización sin sentido, conciencia ni cuidado.

Escribir supone cambiar el rumbo del pensamiento compartido

Y esto enlaza (sí, finalmente enlaza) con uno de los temas claves de este blog: ¿por qué escribir? Porque escribir no es solo poner pensamientos negro sobre blanco, que también, sino que el acto mismo de escribir, de pasar por nuestras manos, mente y corazón aquello que primero fue tan inmaterial como un contenido de la mente, nos obliga comprometernos, aunque sea mínimamente, con aquello que anunciamos; a tomar acción en la línea de esa corriente que empieza a cobrar forma como “pensamiento consolidado”; a darnos cuenta de lo que realmente nos importa —porque se repite una vez, y otra, y otra—; y también, y quizá sobre todo, porque nos sumamos a esa voz colectiva, al pensamiento compartido, no solo uniéndonos a otras corrientes sino también, y cada uno en la medida de sus posibilidades, alterando su rumbo.

La palabra es uno de los actos más poderosos que existen, y por eso el mismo Buddha la eligió como uno de los ocho senderos ciertos para la liberación. Ahora bien, todo poder lleva consigo una responsabilidad. ¿Qué callamos que podría contribuir, aunque sea en pequeña medida, a una transformación social? ¿Qué decimos a veces desde la ira o la aversión? ¿Cómo podemos poner límites y a la vez conectar con el cuidado?

A menudo es más importante cómo hablamos que el núcleo mismo del mensaje. ¿Cómo podemos hacer que nuestra palabra sea más efectiva? ¿Cómo podemos escuchar más para salir de narrativas circulares que nos separan? A veces son los pequeños gestos los que generan cambios de rumbo que nos llevan a puertos que ni siquiera habíamos soñado.

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Ante todo, la actitud