La escritura como proceso
El valor de la escritura contemplativa ante el tsunami de la inteligencia artificial
El jefe de seguridad de Anthropic ha dejado este puesto para escribir poesía. Cuando me enteré, mi sorpresa fue mayúscula. Lo fue algo menos después, cuando bicheé su perfil en X y me enteré de que Mrinank Sharma —así se llama— no solo se dedicaba a levantar muros virtuales contra el bioterrorismo o los robots asesinos sino que, además de poeta e investigador, es practicante de meditación.
Con esta nueva información, esta retirada de la primera línea me extrañó algo menos porque meditación, poesía y acción social están íntimamente conectados y, si Sharma llevaba tiempo transitando el primer escenario, no es en absoluto casual que llegue a los otros dos, la acción con conciencia, y también la poesía.
Centrándonos en la escritura, y desde el punto de vista de la neurociencia, parece claro que la meditación de largo recorrido aumenta la creatividad. Desde la óptica de la escritura contemplativa, la poesía o, como la llamé en su momento, la palabra cantada (es decir, la ligada a la oralidad, el ritmo y el extrañamiento) conecta con el momento presente de una manera particular, desde la mirada fresca y la observación sin etiquetas, o con unas etiquetas distintas, que no proceden del automatismo y nos aportan un conocimiento más preciso de la textura de la experiencia.
La escritura poética supone no solo esta mirada nueva, sino que también constituye un acto de indagación honesta acerca de cómo se configura este momento presente. Reúne percepción, curiosidad genuina y emoción palpitante, pero también intuición, asombro y serenidad. Lo incluye todo: la dificultad y el placer, la luz y la oscuridad, aquello que nos atrae y lo que tendemos a rehuir.
Lo que importa no es el resultado, sino entregarse al proceso creativo
La inteligencia artificial se ha extendido, como quien dice, hace un par de días, y poco a poco se va incrustando en nuestras vidas. Bienvenida sea, o puede ser, si nos da tiempo para aquello que más importa, y si redirigimos los riesgos que encierra, que también los hay. Esto dará para ríos de tinta virtual —no en vano, nos encontramos al inicio de la quinta revolución industrial—. Ahora bien, en lo referente a la escritura, no podemos olvidar que esta es, sobre todo, un proceso y que, como en todo proceso, no importa tanto el resultado como en quién te conviertes en el recorrido.
En ese sentido, leer poesía nos construye, nos hace partícipes de una orografía compartida de la sensibilidad. Pero también lo hace, con mayor potencia incluso, escribirla: moldea un yo desde la palabra nacida en el silencio, y además un yo flexible —porque es cambiante y no nos engancha—. Se trata de una indagación continua en la incertidumbre del no saber, desde donde nos construimos en espiral, palabra a palabra, verso a verso (Machado dixit).
La inteligencia artificial se va haciendo más y más omnipresente, como pasó en su día con internet. Pero que la obra creativa pueda ser ahora obtenida a golpe de click no invalida la construcción del pensamiento propio que llevamos a cabo desde la palabra libre, fluida, rabiosamente propia. Quizá es todo lo contrario. A mi parecer, estos tiempos de automatización masiva harán que cada vez sea más necesario el desarrollo de un discurso y de una práctica misma de escritura que provenga del silencio.
En estos tiempos de redes sociales comandadas por la IA en un regurgitar continuo de palabras pasadas, te invito a permitir que la mente divague de manera tranquila, quizá mientras paseas o descansas y, desde ahí, dejar que fluya la escritura genuina, continua, que se genera a sí misma, sin preocuparte por el resultado, sino más bien centrándote en dar un espacio cuidadoso a quién te conviertes mientras cabalgas el proceso.